Rayuela

¿Encontraría a la Maga?” 
Así comienzan las andanzas de Horacio Oliveira por las calles del París bohemio e intelectual de mediados del siglo XX. En esa ciudad, aureolada de jazz y existencialismo, sitúa Cortázar un juego literario de alto voltaje. Imposible resistirse a una invitación como esa.
 
Oliveira y Lucía, alias la Maga, se enredan en un juego de casualidades fingidas que consiste en citarse vagamente en algún barrio de la ciudad sin concretar el lugar ni la hora. Así, la posibilidad de encontrarse quedaba al albur de la ruta elegida por cada uno. Doblaban esquinas, saltaban charcos, cruzaban puentes, se detenían en escaparates, pensando en dónde estaría el otro, en qué lugar se produciría el encuentro. Los encuentros son, a veces, tan increíbles, que el lector pronto empieza a preguntarse si la casualidad no será fingida.
 
No podía ser que la Maga decidiera doblar en esa esquina de la rue de Vaugirard exactamente en el momento en que él, cinco cuadras más abajo, renunciaba a subir por la rue de Buci y se orientaba hacia la rue Monsieur le Prince sin razón alguna, dejándose llevar hasta distinguirla de golpe, parada delante de una vidriera, absorta en la contemplación de un mono embalsamado.”
 
Tengo la sensación, desde hace unos meses, de que nuestras autoridades educativas quieren retarnos a este juego que jugaban Oliveira y la Maga. Me da la impresión de que nos citan sin dar detalles, esperando que ―absurdamente, porque su labor se ha convertido en un constante ejercicio del absurdo― nos encontremos al volver la esquina.
 
Asistimos a declaraciones contradictorias desde el Ministerio y desde la Consejería respecto a la puesta en marcha de la LOMCE en Secundaria en nuestra comunidad y ya empiezo a temer que buscarán la manera de encontrarse casualmente, de sopetón, al doblar la esquina del principio de curso. Ante la confusión de los docentes dirán que, aunque al estilo Rayuela, ya nos habían citado.
 
Afirman que las pruebas externas que aguardan a los estudiantes al final de la Secundaria “podrán ser aplicadas y calificadas por profesorado que no pertenezca a la función pública” y entiendo que se han puesto en camino, cruzando parques, vadeando charcos, revolviendo esquinas, para encontrarse a una hora y en un lugar incierto con nosotros y anunciarnos, a través de la voz gangosa de un ministro o los balbuceos de otro, que el dinero para pagar a esos correctores (que no son funcionarios) se descontará del presupuesto para la Educación Pública. “Es que habíamos quedado, nos habíamos citado”, dirán.
 
Por mucho que parezca que las citas son aleatorias, los planes están trazados de antemano. Es un juego amañado. Nuestros gobernantes saben cómo acaba. Saben que habrá empobrecimiento para muchos (la Escuela Pública) y que unos pocos seguirán medrando. Aún así, dejamos que nos sigan citando, que sigan escenificando esta especie de rayuela.
 
A veces, sin embargo, pienso en qué pasaría si algún día, después de citarnos sin hora y lugar, no acudiéramos a su encuentro.