Ni un milímetro

Se atribuye a Einstein la frase “El mundo tal como lo hemos creado es fruto de nuestro pensamiento. No se puede cambiar sin cambiar nuestra forma de pensar.”
Siguiendo los pasos del sabio, podríamos deducir que cualquier cambio que se quiera llevar a cabo en la Escuela precisa un cambio en la forma de pensarla. En la forma de considerar las relaciones de producción y consumo de conocimiento, en la forma de pensar las relaciones de poder dentro del aula y en la sociedad y en la forma de plantearnos los objetivos de la educación. ¿Para qué mandamos a los chicos y chicas a la Escuela? ¿Para que aprendan contenidos y reciban información? ¿Pero no está eso al alcance de cualquiera sin tener que asistir a clase? ¿Qué tienen que aprender entonces los alumnos en la Escuela?
Los cambios en los que está inmersa la sociedad y que afectan al mundo laboral, al modo en el que la ciudadanía participa en la información y en el conocimiento, han tenido hasta ahora un impacto nulo tras los muros de la Escuela. Parece que a esta revolución social le pasara lo que al campesino del cuento de Kafka, que fue incapaz de atravesar una de las puertas de la Ley, a pesar de que el guardián la había abierto expresamente para él. Anciano y agotado, muere en el umbral de la puerta que posteriormente se cierra. La crisis de la Escuela se siente, pero no se acepta. No estamos preparados para cruzar ningún umbral.
Mucho se ha elucubrado sobre la inclusión de nuevas tecnologías (me parece casi una broma hablar de TIC y “nuevas” tecnologías en un entorno -el de los adolescentes- en el que prácticamente todos llevan Internet en el bolsillo o en la mochila) en las aulas. Mi valoración, tras varios años de Escuela 2.0, es que las TIC han tenido una influencia muy escasa, por no decir nula, en la metodología que se utiliza en las aulas (hablo de la Secundaria, que es la que conozco). Cada vez hay más docentes que usan un proyector o una pizarra digital en clase, que cuelgan materiales en blogs o LMS, pero la forma de enseñar no ha variado ni un ápice. Las viñetas de Néstor Alonso lo ilustran muy claramente: se pone la tecnología al servicio de un modelo obsoleto. Internet dentro del aula sigue causando pavor, se contempla como una distracción y una amenaza para el saber (“los chavales lo copian todo de la Wikipedia“, dicen, como si nosotros no fusilásemos programaciones didácticas, memorias, planes y proyectos, etc). 
Es evidente que el modelo transmisivo (yo hablo, tú escuchas y apuntas y después repites lo que yo he dicho en un papel) sigue siendo el mayoritario, casi el único, un monopolio de la enseñanza.
La cita que encabeza este post es la clave de esta cuestión. No hay cambio de pensamiento. Las inercias son demasiado fuertes, demasiado profundas. 
Algún “experto” en políticas educativas se romperá la cabeza dando vueltas de tuerca a las leyes para cambiar la Educación. Será en balde. Pocos docentes se preocupan por desentrañar la normativa (a no ser que tengan cerca unas oposiciones). El curriculum oculto, eso que no está escrito pero todos acatamos, es impermeable a leyes, logses y competencias. 
Sinceramente, los cambios en las metodologías de enseñanza y en el control de la disciplina son aislados y tímidos en la mayoría de los centros de Secundaria. Sí que aprecio  cambios en los alumnos, porque la sociedad de hace 25 años no es la de ahora. 
Hay un cierto malestar entre el profesorado, pero voluntad de cambio ¡ni por pienso! Me señalarán (con razón) notables excepciones: ahí está el Proyecto Cártama, ahí está Manuel Jesús Fernández Naranjo, pero, en general, quienes apuestan por un cambio son guerrilleros aislados, lobos solitarios. Además, quienes pretendemos cambiar algo desde puestos con (cierto) poder de decisión, enseguida comenzamos a sentir todo el peso de las inercias. No es fácil pisar el freno (lean a Lola Urbano, directora de un CEIP).
Cada vez estoy más convencido de que el Sistema Educativo tal como lo conocemos es un dinosaurio, y ningún lifting legislativo lo va a cambiar. La nueva ley no alterará básicamente nada la forma de trabajar de los docentes, porque las anteriores tampoco lo hicieron. Ponemos en las programaciones que nuestras metodologías son colaborativas y activas y que las competencias básicas son nuestro Santo Grial y santas pascuas. Ya podemos volver a lo nuestro, a “dar clase” (fíjense bien en la expresión). Si no se produce algún colapso, no hay cambios a la vista. Recuerden la frase de Einstein. No está en la mente de la mayoría de los docentes cambiar. Ni un milímetro.