La pregunta

En el principio está la pregunta, inevitable y pegada siempre a la suela de los zapatos de cualquier docente. Cándida unas veces, otras desafiante, pero siempre profunda y sincera. La pregunta. “Profe, ¿eso para qué sirve?”.
Muchas veces me fui a casa con la sensación de que el entusiasmo no era suficiente. Me llevaba la pregunta conmigo. A veces pensé incluso que se me notaba en la cara, ese balcón del alma.
Mi paso por la Escuela me dejó cierto poso amargo y, cuando me hice profe, me propuse no transmitir ese virus, ese del esfuerzo inútil, del adocenamiento, monotonía de la lluvia tras los cristales
Gracias al Aleph, quiero decir Internet, descubrí que había maneras de plantearse el oficio de enseñar que nunca había conocido. Me llamó la atención el Aprendizaje Basado en Proyectos (ABP, o PBL en inglés) pero, claro, me dio miedo. ¿Miedo? Pánico. Abrazarlo me supondría deshacer todo el camino andado como alumno y como docente. Tendría que replantearme la relación entre el docente (yo) y el alumnado, y la relación entre el docente (yo) y el conocimiento. Un día decidí que la cuestión no era cómo vas a hacerlo, sino vas a hacerlo o no. Decidí que la respuesta era y me lancé. [No siempre uso esta metodología, tampoco soy un fanático. A veces el contexto no la aconseja. A veces soy ecléctico y hago lo que creo que va a servir mejor a los estudiantes en ese momento] Aún no he llegado al suelo.
No voy a explicar lo que es el trabajo por proyectos (la verdad es que tampoco termino de saberlo) puesto que otros lo han hecho mejor que yo (el docente).
Lo que sí quiero explicar es por qué me pareció una buena elección. Porque me permitiría dar una respuesta creíble a la pregunta.
Esta entrada la escribí para el blog “Trabajo por proyectos” (para la sección “Así empecé yo”) de Mª Eugenia Pérez.